Academia, la mía, la nuestra

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Ser parte del equipo de esta Academia de Mimo me da gran alegría, y por ello, he estado pensando en esto de la Academia, ser academia. Me gusta este trabajo. Concibo una academia donde coexistan diversas vertientes de este arte de la acción, el mimo. Y lo que de verdad me gustaría, sería una academia donde aprender a explorar sobre el cuerpo cómico, la risa que libera, donde liberar y jugar en la creación escénica sea fundamental.

Algunos dicen que los primeros actores y actrices fueron hombres y mujeres medicina de las tribus de nuestros antepasados. Donde generalmente a partir de danzas y acciones rituales, que muchas veces eran cómicas, se invocaba ese soplo espiritual (ese ser desencarnado) que pudiera habitar (encarnar) el cuerpo. 

El trance como método teatral me interesa. Por eso cuando leí el libro La cultura popular en la edad media y en el renacimiento de Mijaíl Bajtín, me sentí tan identificada con el carnaval y la fiesta popular como fuente de conocimiento teatral, ya que vi la posibilidad de conocer una línea de investigación tan profunda como el teatro mismo. Una línea de trabajo donde es primordial el estudio de la risa, del cuerpo cómico y su función social.

Bajtín dice que “La verdadera seriedad abierta no teme a la parodia, ni la ironía, ni las formas de risa restringidas, porque intuye que participa en un mundo incompleto, con el que forma un todo.[1]”  Yo creo que la risa es igual, o hasta más rigurosa que la seriedad, a pesar que no gozan del mismo estatus dentro de la academia convencional. Esto que dice Bajtín lo comprobé una vez haciendo la pieza La fábrica del repertorio de Etienne Decroux.

Estábamos con un grupo de unas siete u ocho personas y al mismo tiempo, y sin saber por qué, a mi amigo brasileño y a mí nos agarró un ataque de risa incontenible; nuestros compañeros de curso se quedaron muy serios y nosotros no podíamos parar de reír hasta el llanto. Ahí comprendí en mis propias carnes que en momentos muy serios y dramáticos también hay espacio para la risa sanadora, liberadora; que cuando ríes parece que comprendes algo. 

Que esa gran seriedad que impone la pieza teatral de Decroux, nos alegró profundamente a mi amigo y a mí, aunque los compañeros de curso y el profesor nunca pudieron entender ni compartir ese éxtasis catártico que sentimos. Ahí también comprendí por qué se hacen tantos chistes sobre la muerte, que se supone es lo más serio del mundo. Tenemos a los mexicanos para decirnos que hasta la muerte también se ríe.

Cuando leí a Eugenio Barba y conocí el training de Augusto Omulú, tuve la certeza que estaba participando de un poderoso camino para profundizar en los estudios de las raíces del teatro, eso del teatro antropológico. Me interesa como academia navegar en las raíces de nuestro arte del mimo, sortear aguas que reflejen las fronteras entre vida y muerte, entre lo racional y lo intuitivo, entre lo viejo y lo nuevo, lo dramático y lo cómico, porque  “El principal manantial de la risa es el movimiento mismo de la vida, es decir la evolución, las sucesiones y la alegre relatividad de la existencia.[2]”

Por eso anhelo una academia donde seamos capaces de reírnos de nosotros mismos, para renacer y renovarnos. Para purificarnos de la unilateralidad, del miedo y el agotamiento, para así gritar en una carcajada y con la boca bien abierta: ¡Vamos por la risa que investiga y que da esperanza!

[1] Bajtín, Mijaíl. (1974) “La cultura popular en la edad media y en el renacimiento”. Barcelona: Barral Editores. P 112. – [2] Ídem. P 128

Publicación desarrollada por Erika Montoya

 

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El mimo teatral

Cuando comencé mis estudios de Mimo una de mis preocupaciones iniciales fue conocer acerca de su surgimiento como género autónomo

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