Ser mimo sin serlo

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Hay una sensación que me ha acompañado en mi navegar por el mimo: la de no ser mimo. Cuando comencé a aprender las caminatas, puntos fijos, contrapesos, animación de objetos… supe que ese estudio detallado y minucioso del cuerpo en la escena y en la vida me acompañaría siempre, porque es infinito. También supe que en mi espíritu artístico se encarnan no solo fanáticos de la forma, sino también de la risa y el descontrol, ojalá y para mi bien controlados.

Como muchas de las personas que se acercan al mimo, creí que dependía meramente de la técnica, que es necesario medir milimétricamente la forma de estar de pie en el escenario y tener un control absoluto de cada movimiento. 

Por eso creo que muchas veces se ve sólo como una herramienta (que también lo es). Después y con ayuda de escuelas, maestros y maestras, he ido descubriendo su profundidad.

Siempre me sentí una mimo sin pintar mi cara, aunque también me he maquillado de blanco y he buscado estilizar mi cuerpo hacia la belleza dancística de un gesto armónico, cómico, a veces caricaturesco. Para mi sorpresa, cuando viajé por Latinoamérica vi un “mimo” en la calle poniendo pegatinas en las camisas de los transeúntes y pidiendo dinero por ello. Ésta imagen definió para siempre mi relación con este arte. Me dije: ¡aquí algo que no me cuadra! ¿Los dos maquillados de blanco haciendo cada uno dos cosas tan diferentes, somos mimos? Ahí comprendí por qué algunas veces en el gremio teatral sentí que el mimo era visto como un arte menor, más de la farsa y con poca profundidad.

Cuando llegué a la Escuela Argentina de Mimo, aprendí a estudiar la diferencia a veces sutil entre movimiento, gesto y acción. Supe cuál era el camino para encontrar el dramatismo de un cuerpo que jerarquiza en la acción su principal pilar. Y a pesar de que seguí viendo personas ´haciendo de mimos´ que utilizaban el maquillaje y el vestuario de los mimos clásicos, pude reconocer las enormes diferencias.

Admiro profundamente (a veces hasta envidio) a aquellos que hacen obras enteras de pantomima clásica, gracias por mantener vivo ese maravilloso arte. Veo el mimo en toda acción corporal que tenga intención de comunicar, expresar, un ‘algo’ que atreviese a la persona (máscara) como sujeto y comunidad al mismo tiempo; y desde luego sin olvidar que todo esto es para el público. También veo el mimo en la naturaleza, en escenas espontaneas de la calle, veo el mimo en obras de Peter Brook, Eugenio Barba, Ariane Mnouchkin y James Thiérrée; veo el mimo en las coreografías de Pina Bausch… vi que todo eso también podía ser mimo.

Dejé de tener miedo a sacar mi voz en escena (porque siempre me pedía salir) y cuando se comenzó a hablar sobre teatro gestual y teatro corporal, sentí que todo eso también es mimo.  Por eso cuando me preguntan sigo diciendo que, primero que todo, soy una mimo.

Siento ahora en este año veinte veinte y con este maravilloso proyecto de Academia de Mimo, que emprendemos un viaje para seguir estudiando, descubriendo, navegando en esto de ser y estar MIMO. Y aunque a veces nos percibamos mas bien como sobrevivientes de un naufragio, confiemos en que nos vamos a encontrar en lo esencial, en alma y espíritu, como humanidad… como mimos.

Publicación desarrollada por Erika Montoya

Sobre el mimo
Academia de Mimo

El mimo teatral

Cuando comencé mis estudios de Mimo una de mis preocupaciones iniciales fue conocer acerca de su surgimiento como género autónomo

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